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Leopoldo Minaya
New York, 2007---
El conjunto de poemas que José Alejandro Peña presenta en este nuevo libro “Suicidio en el país de las magnolias”
es una continuación en el tiempo de un oficio que desde el primer momento se reveló intransigente.
Así, como se escucha. Oficio intransigente de un poeta… consecuente con la depuración, la limpidez, el contraste, la
imaginación creadora, la profundidad incisiva y la belleza dotada de magnificencia humana. Poeta disidente del facilismo creativo,
la expresión amanerada, y la utilitaria primacía del significado.
Desde sus primeras notas, “Iniciación Final”, nuestro poeta nos deja saber que ha comenzado su arte en un nivel
final de maestría técnica, es decir, con una capacidad de orquestar objetos duraderos que tenderán sin duda a reproducirse
a su vez con igual rapidez con que el mismo Hugo multiplicara sus caracteres. Un poeta que no necesitó agotar etapa alguna
de aprendizaje, que nunca ha sido aprendiz.
Fue así el lanzamiento de un escritor prolífico que constituye, por sí, uno de los puntales en que descansa la gran poesía
dominicana escrita en la segunda mitad del siglo veinte (que se ha pasado al veintiuno): la mejor poesía que en nuestro país
se haya escrito jamás, juzgada libro por libro la calidad de sus exponentes.
José Alejandro Peña destaca por la pureza y el acabado de sus composiciones, la densidad e intensidad de sus expresiones metafóricas,
la presencia en sus versos de una sabiduría que salta simultáneamente desde los resortes de la mera intuición y del profundo
conocimiento de las categorías abstractas, de las cosas y del hombre mismo. Por pureza y acabado entendemos, en única instancia,
la invención de una Palabra esencial que consigue expresarse totalmente por sí misma, y la colocación de ese creado fenómeno
en las fronteras del Absoluto, ajeno a las circunstancias y eventualidades de las tres magnitudes fundamentales en que el
hombre -para su bien o para su mal- se enreda o se desenreda.
En José Alejandro Peña resuenan los ecos atávicos de la substanciación humana y el temblor insondable del sinuoso devenir
que, con su imposible llegada, desespera: devenir que es un ayer, ayer que es un presente, presente que convulsiona: convulsión
de los tiempos resumida en el (mismo) doble acto del sentir y el pensar -que al cabo “es una bobada”-, como si
igual hablásemos de la inhalación y el soplo, del nacimiento y la muerte.
Vano resulte, tal vez, el intento de explicar esta poesía del país de las magnolias. Ella se expresa en sí misma suficientemente,
inexplicándose. Los contrastes, las relaciones entre lo sublime y lo grotesco, lo descabellado y lo humano, lo sensitivo y
lo explosivo, lo mordaz y lo delicado, dan a la obra un cariz original donde el absurdo constituye la “otra” realidad.
José Alejandro Peña es el poeta de las asociaciones inimaginables, sorprendiendo siempre al lector al doblar de la línea.
Con José Alejandro Peña no está nunca uno seguro de adonde irá a desembocar el nacimiento de una idea o el discurrir de una
proposición, en su incansable búsqueda de la emoción trascendente:
"Un pájaro metido en una botella
la botella en un grano de arena
la arena cantando mi canción siniestra
en la más alta prestidigitación del azar".
(La más alta prestidigitación del azar)
"Bello como una pelambre de mono"
(La nueva inquisición)
Valga, no obstante, el deseo de señalar alguna de sus cualidades, como tributo de sincera admiración… porque nada diferente
podría producir en nosotros la naturalidad con que nuestro poeta produce unas enrevesadas asociaciones en que objetos y valoraciones
concretos e inconcretos de índole distinta se ensamblan y asocian para producir expresiones y frases que de inmediato nos
parecen inescuchadas; que, según parece, no se habían dicho nunca antes sobre la faz del universo; mezcolanzas excéntricas
y anarquizantes que magullan y conmocionan los repliegues de cualquier burdo entendimiento racional que apareciese, subyugados
la lógica y el naturalismo mecanicista.
Ni siquiera en Whitman, maestro indiscutido de las cláusulas inacabables, se había escuchado tal explosión y derroche de belleza
desbordante, tintineante y desencadenada, como en algunos pasajes de este autor. Pido permiso para presentar al menos una
de “Suicidio en el país de las magnolias”:
“Nuestros corazones como si hubiesen sido reventados por dos manos robustas ya no sienten pesar ni sienten una masa
de aire apretando sus cuerdas contra un viejo aparato olvidado en la cocina del ilustre vendedor de cebollas cuyo nombre lo
guarda una piedra a la orilla del lago donde los grillos las culebras y los cocodrilos tiñen la bahía de un encanto supremo.”
(Manteo)
Me temo que un solo ejemplo no baste. Perdonen ustedes, pero necesito traer otro fragmento, para goce nuestro:
“…la luz que hace cambiar los rostros y las formas es tan sólo mitad de lo que a solas por sí mismo perfecciona
el suelo cuando vienen volando por el cauto abismo de su muchedumbre las lívidas palomas perseguidas por el hálito azul de
la pedrada.” (Kitty Hawk)
La longitud de la locución bien nos podría devolver, como salto de rebote, desde Whitman al legendario griego ciego (que es
un origen); pero la inusitada aleación de los recursos y las conmociones que se desencadenan son muy privativas del poeta
que ahora nos ocupa. Por regla general, la poesía es -y debe ser- extracto, condensación, compresiva unión de concepto y forma
que apunte al destello puro (tal vez por eso recomienden la retórica y lo que podría llamarse nueva preceptiva el criterio
de la economía de palabras); sin embargo, para un poeta de excepción, esto es sólo poste referencial. Obsérvese con qué destreza
y grandiosidad maneja José Alejandro Peña la locución extensa: como si la palabra fuese un demonio que se desencadena, el
brío de un caballo desbocado, o un disparo que avanzara incesante hacia un inalcanzable objetivo que progresivamente -y por
magia- se alejara.
Alejandro saca también provecho, para encontrar su ritmo, de la asociación de técnicas tan diversas como el tono sentencioso,
la incisión paradojal, la postura existencial, el hipérbaton, el mutismo y la aliteración… Esta última es columna fundamental
de su estructura. A mi entender, la aliteración, igual que la rima, como recurso técnico, dota la expresión de una verdad
ultra-sensorial que resbala sabiamente por los resquicios de interconexión entre “logos” y “pathos”;
la aliteración, como la rima bien empleada, es una coordinación arbitrariamente intencional del lenguaje, que resulta verdadera
como consecuencia del hacer y del actuar de una inteligencia impersonal y subrepticia presente siempre en toda acción comunicante,
pero decididamente indispensable en la materialización del discurso poético. Tal vez la aliteración no sea sino una rima interna.
Veamos:
“El oro y sólo el oro es puro para el hombre”
(Cóctel)
“Y yo urda el zurdo azar y arda”
…………………………….
“Uña huraña que baña los relojes de fiebre y
Palimpsesto”
………………………………..
“Por el lúpulo y el ópalo del óvulo marino”
(Aullando solo…)
“Esa alegría dura lo que dura el durazno”
(Manteo)
Todo esto es relativo a su poética. En cuanto a su versificación strictu sensu, se exhibe una intencional distribución anárquicas
de sus versos, con ánimo de romper la tradicional tipografía y distribución de la línea poética en el marco de la página.
A veces pasa medalaganariamente del verso a la prosa poética en un mismo poema. Sin embargo, como ocurre con muchos poetas
de nuestra generación (y en otros tan revolucionarios como Huidobro), el ritmo clásico está latente siempre, marcando el aire
y los compases. Por ejemplo, abunda el verso abiertamente alejandrino:
“O la viudez de tanta / alevosía indócil”
(Eclipse)
“Todas las mariposas / se suicidan volando”
(Las semiverticales…)
“Jarra llena de efluvios / y muchachas con díscolos”
(Jarra)
“En su diafanidad / la noche es casi el día”
(Rodeo)
A veces un alejandrino un tanto velado:
[“El oro y sólo el oro / es puro para el hombre] que”
(Cóctel)
También los hay endecasílabos, y muchos:
“Sin vendajes ni duelo ni corona”
(Epitafio…)
“Yo arrojo al viento pétalos maduros”
(El viento)
Todo lo que digo termina en equis”
(Cállate)
Veamos el endecasílabo llamado de gaita gallega, con acentos rítmicos en cuarta y séptima silabas:
“Hacemos síno bajár súbitamente”
(Jungla)
O a veces apoya su ritmo en pies cuantitativos a la manera grecorromana. En pies de tres emisiones o sílabas:
“Yo los mí / ro llegár / con la piér / na cubiér / ta de”
Y en pies de cuatro emisiones:
“Por el lúpu / lo y el ópa / lo del lóbu / lo marino”
Estas resonancias del verso tradicional no restan, de forma alguna, originalidad a la escritura alejandrina (es decir, en
este caso, de José Alejandro), sino que la enriquecen. Su originalidad reside en el pulso de la emoción generada por la imagen
virginal, y la imagen se genera por el conjuro de la desnuda Palabra. “La palabra cuya pureza o cuya impureza la capte
sólo el viento descuidado.” …Se me ocurre que quien dijera “No hay nada nuevo bajo el sol”, posiblemente
no haya topado con la escritura de José Alejandro
Peña, ya por una trampa indecible del destino o por una conjugación caprichosa de las manijas del azar.
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Leopoldo Minaya: Poeta y escritor hispanoamericano nacido en República Dominicana. Doctor en Derecho por la Universidad
Autónoma de Santo Domingo. Maestría en Ciencias de la Educación, (Mercy College, New York). La aparición de "Preeminencia
del Tiempo" su segundo libro, en 1993, y su reedición de 1998, le han concedido un merecido espacio en las letras hispánicas
contemporáneas. Figura en diversas antologías nacionales e internacionales y ha sido objeto de estudio de respetados críticos
de arte y literatura. Residió (2003-2007) en la ciudad de New York, donde impartió docencia en el sistema de instrucción pública.
Obras: "Oscilación de Péndulo", "Preeminencia del Tiempo", "Cuento de los dos Quijotes", "La Hora Llena", "Poemas Imaginarios".
Dentro del género infantil y juvenil ha escrito: "Historia del Niño René Rosales y de la Flauta Encantada", "Historia de la
Doncella que fue a la Guerra", "Leyenda de Puerto Rico y otros poemas", "El Tiempo Niño" y "Leyendas del Tiempo Niño". En
formato discográfico publicó en 2001 versiones musicalizadas de los salmos de David y una compilación de cuentos cortos del
escritor ruso León Tolstoi.
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